BODEGA ZUCCARDI
Año de construcción: 2016 Área construida: 8.842 m2 Ubicación del proyecto: Mendoza, Argentina Programa / Uso: Arquitectura industrial - Bodega - Créditos fotográficos: Luis Abba
El proyecto de la bodega de vinos de alta gama se desarrolla en el Paraje Altamira, departamento de San Carlos, a 130 km al sur de la ciudad de Mendoza. Ubicado a 1.100 m s. n. m., el sitio se encuentra enclavado entre viñedos, en el corazón del Valle de Uco y al pie de la Cordillera de los Andes. Por su localización en el centro del cono de deyección aluvial del río Tunuyán, la zona presenta condiciones excepcionales para el cultivo de la vid que, sumadas a su imponente entorno natural, le han valido un reconocimiento internacional como una de las regiones vitivinícolas de mayor prestigio a nivel mundial. En este contexto, el turismo enológico ha adquirido una relevancia creciente tanto para la industria como para la provincia. El efecto derrame generado por esta actividad ha impulsado el desarrollo de propuestas vinculadas a la hotelería, la gastronomía y otros emprendimientos que buscan ofrecer experiencias singulares, capaces de acercar al visitante al mundo del vino y a las particularidades del lugar. La propuesta arquitectónica responde a dos requerimientos esenciales. Por un lado, la necesidad de un edificio plenamente funcional a las exigencias agronómicas y enológicas, con la rigurosidad que demanda un proceso de vinificación de primer nivel. Por otro, la dimensión turística, donde el visitante asume un rol protagónico y el paisaje se convierte en un elemento fundamental de la experiencia. La bodega Zuccardi Valle de Uco se concibe como un homenaje a la cordillera austera y solemne, que define tanto el clima como los suelos de la región. La construcción emerge de la tierra y se integra a la montaña, buscando un equilibrio visual que minimice su impacto sobre el paisaje. Desde lo productivo, la bodega se organiza a partir de un fuerte eje central que articula todas las áreas operativas, funcionando como una columna vertebral que se replica en sus tres niveles. En el subsuelo se ubican las piletas de guarda; en planta baja, el proceso productivo; y en planta alta, el laboratorio, las áreas administrativas y las pasarelas de tanques. El sistema de producción se desarrolla por gravedad. La uva ingresa por el sector de vendimia y, tras un riguroso proceso de doble selección de racimos, es depositada en cubones que se elevan y trasladan hasta la boca de los tanques, donde se inicia la fermentación. La distribución del proceso adopta una forma en U, organizada en torno a una gran explanada central que garantiza un funcionamiento ágil y eficiente, resguardado de las condiciones climáticas extremas del lugar. La bodega se resuelve casi en su totalidad en hormigón armado a la vista, explorando distintos acabados. Grandes taludes de hormigón ciclópeo hidrolavado, con áridos y piedra nativa, emergen del terreno con una fuerte expresión tectónica. Volúmenes pesados y robustos revelan las características del suelo como forma de construir identidad. Se priorizó el uso de materiales del lugar —piedras, arena y agua del río Tunuyán— así como la participación de mano de obra local. La nave principal aflora del terreno dejando a la vista piletas troncocónicas, resultado de años de experimentación por parte de los enólogos. Realizadas en hormigón premoldeado, junto con el resto del conjunto interior y la envolvente, conforman una atmósfera homogénea, bañada por líneas estratégicas de luz natural que revelan el espacio como una suerte de caverna: un ámbito donde las vasijas parecen haber estado siempre allí, simplemente expuestas. La bodega se presenta así como una extensión natural del viñedo. La experiencia se completa con intervenciones artísticas. La puerta de acceso, realizada por el artista mendocino Roberto Rosas, representa la flora y fauna de la zona, evocando la vida que alberga la bodega. Entre los macizos estructurales emerge una cúpula metálica, símbolo de lo universal y lo eterno, que refleja el cielo y la luz cambiante del paisaje andino. En su interior, corona los espacios de guarda y degustación, mientras que una obra suspendida del artista Guillermo Rigattieri —que representa la semilla— alude al origen y al potencial del futuro. La bodega se descubre a través del recorrido. Desde la aproximación a sus muros exteriores hasta el ingreso al interior, el visitante atraviesa distintas atmósferas donde la luz, la temperatura, el silencio y los ecos construyen una experiencia sensorial que revela el proceso enológico y la mística del vino. Hacer vinos que respeten la identidad del lugar es el resultado de un proceso de investigación, dedicación y pasión, tanto en el viñedo como en la bodega. Ciencia y arte se conjugan para dar lugar a la magia del vino. En este sentido, el proyecto se presenta como una síntesis de técnica, territorio y sensibilidad, capaz de ofrecer una experiencia memorable.































